Desvío
- Yael Barcesat
- 12 dic 2020
- 2 Min. de lectura

Paperwight, de Adriana Arronte
No tengo mesa. Tampoco sillas alrededor. Tengo un viejo escritorio. A veces apoyo ahí algún que otro plato. No tener mesa no significa que no reciba gente a comer a mi casa. Comemos sentándonos en el sillón o en el piso o en la cama... con las piernas cruzadas generalmente, aunque no siempre. Apoyamos las cosas en cubitos o en banquitos.
Conversando con mis visitas, amigues que tampoco tienen mesa, nos remontamos al origen de esa particularidad cultural en nosotres: en mi caso se debió a que cuando tenía 19 años, empecé a (intentar) practicar meditación, y descubrí que la posición de piernas cruzadas me resultaba particularmente incómoda. Mi profesor me recomendó hacerlo todo sentada en el piso, comer, estudiar... y así fue que apenas me mudé de la casa de mi familia, corté las patas de mi primera mesa.
Más tarde elegí una silla de escritorio esquiva, que demanda cierto esfuerzo para imaginar cómo sentarte y despierta la pregunta de si la posición en que quedás podría encajar en el repertorio de posiciones sentadas. Es casi como estar de rodillas en el aire.
¿Cómo repercuten estas iniciativas inadvertidamente revolucionarias de los usos instalados, automatizados? Reverberan en la forma de nuestros cuerpos, en la acomodación interior de nuestros órganos, en el estado de alerta muscular de la espalda, una espalda autosuficiente, que puede en todo caso respaldar a otras; en el ángulo de flexión de las articulaciones de las piernas, que no olvidan de lo que son capaces...
Pero más allá y más acá de lo corporal (si tal cosa fuera posible) también se observan repercusiones: son distintos los diálogos sin mesa y sin sillas, son distintas las miradas que no encuentran otras miradas sino a diferentes alturas de la propia, son diferentes los ritmos que se dan en los rituales compartidos. Sin mesa, ¿hay o no hay sobremesa?
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